martes, 23 de agosto de 2016

"SER PERFECTO EN CADA MOMENTO"

 puede ser una tarea interminable e imposible. Cuando los ideales que nos proponemos son demasiado altos, es más difícil alcanzarlos. Sin dudas, esto supone un agotamiento en el plano emocional y psicológico, porque la lucha es con uno mismo, aparecen sentimientos de culpa, de fustigación, por no haber podido ser un “excelente” en cada situación.
Ser perfecto
En la búsqueda de la llamada “perfección”, es preciso moldearse en base a lo que consideramos “deseable” para nosotros mismos, es decir, ser el más querido, el que nunca se equivoca, el elegido, el que obtiene las más altas calificaciones, el que lo hace siempre todo más que bien, etc. Sólo de pensar en ello, parece agotador. Intentar ser “la persona perfecta” de los padres, la pareja, los profesores, el jefe, los amigos y hasta la sociedad es algo que cansa física, emocional y psicológicamente. En muchos casos, es preciso deshacerse de los deseos propios para amoldarse a lo que los demás esperan.
Esto es así ya que mientras estamos ocupados en ser perfectos, dejamos de lado los sentimientos o los deseos. Cuando nos colocamos una máscara donde la sonrisa está siempre intacta, pero ese brillo no llega más allá, cuando todo es una rutina para caer bien o agradar, experimentamos una dificultad para sentir realmente, nos encerramos porque tenemos que controlarnos y todo ello causa varios desequilibrios.
Las personas que desean alcanzar la perfección todo el tiempo son rígidos en varios aspectos. En lo que se refiere al físico es así porque la tensión se “deposita” en los músculos y no permite que se muevan como corresponde. En el plano cognitivo, porque el pensamiento sólo es blanco o negro, sin grises intermedios para ver las cosas. En el aspecto emocional, la rigidez es más difícil de experimentar porque los sentimientos no se pueden considerar perfectos, por lo cuál, se reprimen. Nunca dicen lo que sienten o les pasa verdaderamente.
La rigidez también se demuestra al momento de tomar decisiones, ya que escoger entre lo correcto y lo incorrecto supone una catástrofe al “equivocarse” (palabra que nunca es usada por un perfeccionista). Puede haber muchos problemas y dudas para elegir un camino, por más sencillo que parezca el caso. Querer llegar al máximo nivel de perfección tiene un coste muy elevado, por lo que un error mínimo lo puede estropear todo.
Las personas que buscan la perfección continuamente tienen inconvenientes para mantener una pareja estable o bien de pasar buenos momentos en compañía. Es difícil para ese individuo dejarse llevar por las emociones o la espontaneidad. El amor los hace sentir vulnerables, porque están más expuestos, y eso desarma su rigidez auto impuesta. El otro además puede ver que no son tan “perfectos”. También puede ocurrir que se conviertan en el “ideal” de la otra persona.
En el plano laboral, la perfección supone no conocer el límite en lo que se está haciendo. Se centran tanto en los detalles que tardan mucho tiempo en finalizar una tarea, están tan concentrados en lo “micro” que pueden dejar de lado lo “macro” o general. Querer ser extremadamente perfectos en el trabajo también supone un riesgo, porque no se hacen las cosas con soltura y hasta se puede disminuir la productividad. Si bien el resultado puede ser mejor, el tiempo de elaboración no es rentable.

Todo esto provoca la sensación de una no auto realización y un poco auto concepto de uno mismo. Si se aspira a ser perfecto en todos y cada uno de los ámbitos de la vida, se está luchando contra la esencia del ser humano. Al no poder alcanzar ese ideal, la culpa y la depresión aparecen.
El secreto está en saber que no nacimos para ser perfectos, sino reales, con emociones verdaderas, equivocaciones, olvidos y descuidos. Nadie puede ser perfecto en todo lo que hace, pero si, buscar ser lo mejor posible en ciertos aspectos. Dejar de lado la rigidez, estar más “liviano” de cargas y saber que de los errores se aprende es una buena forma de ser más felices.

El arte de vivir