viernes, 22 de abril de 2016

"AHORA LOS HIJO REGAÑAN"

Hace algunas décadas, los padres eran tan estrictos y firmes con su autoridad, que con tan sólo una mirada sometían a cualquiera de los hijos y los dejaban sin recurso alguno para si quiera intentar cuestionar la consigna paterna. El padre mandaba, y punto. Claro que muchas respetables madres y esposas también solían someterse a la dictadura del hombre o, de igual manera, aprendían pronto a ejercer también una autoridad semejante, que aplicaban, con mucho éxito, también frente a los hijos. E incluso, en ocasiones, frente al mismo marido.

Niños rebeldes
Algo está sucediendo, que las cosas han cambiado radicalmente y los hijos ahora no sólo desobedecen las instrucciones e indicaciones de los padres, sino, insolentemente, las cuestionan, las discuten y, por supuesto, acaban haciendo lo que les plazca sin temor a una represalia. Y si acaso la hubiera, no suelen tener miedo ni temor a tampoco hacerle caso.

Lo peor es que los mocosos ahora, además, son cínicos, irrespetuosos y, de pilón, resongones y regañones. Tienen un tino tan burlón para, de paso, reclamar y querer corregir todos los errores y descuidos que podemos humanamente cometer. Les ha dado por estar atentos al uso del lenguaje para asaltarnos, de inmediato, con la pulcra gramática y sintaxis que aprenden muy bien en las escuelas. Se fijan en la manera en que comemos y vestimos, y todo es criticable y hasta reprochable.

Ya muchos hijos pelafustanes se atreven a gritarles a sus padres, sin culpa ni freno alguno, y algunos impulsivos y groseros pueden llegar hasta los golpes con tal de poner en su lugar al incorregible padre que ha mostrado ser irresponsable, incumplido y francamente ignorante.

El tema da para mucho, pues es una realidad que ahora atormenta a muchos padres de familia que tienen a su tesorito de 30 años viviendo en casa, exigiendo que le pongan la comida en la boca, le laven su ropa y, de paso, le paguen sus diversiones, y cuidadito y se le reclame cualquier cosa, porque es tan independiente y adulto que ya no tolera que se le confronte con su inmadurez y pereza.

Por supuesto que la solución no es tan fácil, pero el otro día escuché una receta maravillosa y tan antigua como la sabiduría del pueblo. A los hijos groseros e irrespetuosos se les trata con el silencio y se les pone la distancia suficiente para que su toxina no afecte la salud y el equilibro.

Simplemente no hay que hacerles caso y mucho menos entrar en debates y discusiones, tampoco alterarse ni ponerse a su nivel.

Ciertamente las cosas han cambiado y el poder que han tomado los hijos para rebasar la autoridad paterna es parte de la rebeldía de la adolescencia, pero nutrida por un sistema social que da cabida a la indisciplina y a la falta de respeto, como parte de un herramienta de crítica a todo cuanto hacen las autoridades.

Ante tantas groserías, los valores acabarán por triunfar, por eso son virtudes y hay que practicarlas con los hijos.

El arte de vivir