jueves, 18 de diciembre de 2014

"¡EL DIFÍCIL ARTE DE SER JUSTO! "

Ser justo



El dicho popular informa que “el buen juzgador, por sí juzga al otro”. La verdad se inserta en el profundo significado de esta frase, que revela cuánto proyectamos en el otro aquello aún no resuelto que tenemos en nosotros mismos.


En la cultura de los pueblos antiguos era común el juicio sumario seguido de condena y ejecución pública. La Biblia registra el caso de María Magdalena, quien, acusada de adulterio, estaba siendo apedreada por los ciudadanos cuando llegó Jesucristo y dijo a la multitud inquieta: “Aquel que esté puro, tire la primera piedra”. A continuación, el registro bíblico informa de que nadie más tiró siquiera una única piedra contra la mujer considerada “impura” por sus ejecutores…


El juicio, después del trágico evento de la Inquisición que hizo miles de víctimas inocentes y manchó de sangre la Edad Media, está más perfeccionado a partir de su estructura basada en el sentido de la justicia en las condenas.


No obstante, incluso en los días actuales de un planeta globalizado por los adelantos tecnológicos, nos deparamos con situaciones que nos impactan por su primitivismo cultural, casos en que se implican mujeres en distintos lugares del mundo: una en Afganistán, condenada y sumariamente ejecutada por el hecho de ser viuda y estar encinta, y la otra en Irán, amenazada de ejecución por haber cometido adulterio.


El fanatismo religioso – que aún existe, incluso en Occidente – es una sintonía obsesiva que “ciega” tal como cegaba hace cientos o miles de años atrás. Si la moral que predican los fanáticos religiosos hubiese sido practicada por ellos mismos desde la Antigüedad, la llaga de la violencia, del odio, del orgullo y del egoísmo ya habría “cicatrizado” y viviríamos tiempos de amor y paz.


En la actualidad, los discursos políticos van “rellenos” de críticas, desde las más sutiles hasta las más destructivas. La contundencia verbal ha venido siendo la marca de la disputa por el poder. Los comentarios y evaluaciones maliciosas – la
maledicencia – son dardos venenosos lanzados en dirección a sus víctimas.


Personas que se consideran detentadoras de la verdad absoluta, juzgan sin conocimiento de causa. Otras se lavan las manos como Poncio Pilatos, callándose ante las injusticias. Pocos perciben que la crítica destructiva, el comentario malévolo y el juicio irresponsable son el origen de la injusticia, que por sí sola es la esencia del mal que reside en nosotros mismos.


Es más fácil tejer un comentario malicioso o denigrar la imagen del otro, que hacer un elogio sincero o practicar la caridad haciendo “el bien sin mirar a quien…”.


Es más fácil hacer un cotilleo alimentado por la energía de la envidia que corroe, que dar un acogedor y fraterno abrazo, alimentado por el amor que construye.


“No juzguéis para no ser juzgados”, es la advertencia crística a todos los seres inteligentes dotados de excepcional capacidad de expansión consciencial. Capacidad que subestimamos por encontrarnos, muchas veces, en los papeles de víctimas o de juzgadores, todavía bajo influencia de la energía de vidas pasadas. Y esa implicación en la energía de los sentimientos de injusticia o de prepotencia, paraliza por tiempo indefinido el fluir de nuestra inherente capacidad de evolución espiritual.


“Lavarse las manos” o “juzgar sumariamente”, son gestos que se repiten entre los hombres desde tiempos inmemoriales, cuando la lucha por la supervivencia o la disputa por el poder dio origen a la “cultura de la injusticia” basada en la ley del más fuerte, en que las estrategias de conquista eran planificadas a hierro, sangre y fuego.


La cultura de la injusticia, sutilmente diseminada en la sociedad contemporánea, ha perdido su fuerza y la truculencia de los viejos tiempos de las sangrientas disputas por la “verdad” religiosa y por el poder. No obstante, no ha perdido la violencia practicada mediante los actos disimulados o la palabra que hiere.


La trayectoria del hombre sobre el planeta Tierra está repleta de acontecimientos o situaciones en que la mentira ha preponderado sobre la verdad. Con todo, somos lo que fuimos, y esta es nuestra verdad.


Por tanto, a partir de esa verdad histórica, liberarse de hábitos culturales retrógrados asociados a la violencia implícita o explícita, es uno de los principales desafíos del hombre del tercer milenio. Muchas veces, nos lavamos las manos en el acto simbólico de la indiferencia. Otras tantas, representamos como víctimas o verdugos. Ha llegado el momento de practicar el aprendizaje sobre esas experiencias pasadas, buscando una nueva visión entre el tener y el ser de nuestra existencia, y entre el mal y el bien como parámetro de un cambio interior enfocado en el despertar de potenciales adormecidos.


La sabiduría de un viejo proverbio Ute, quizá simbolice aquello de que es preciso abdicar en lo individual en beneficio de lo colectivo, o sea, el difícil arte de ser sencillo y justo: “No andes en pos de mí, quizá yo no sepa liderar. No andes delante de mí, quizá yo no quiera seguirte. Anda a mi lado para que podamos caminar juntos”.
El arte de vivir en un