viernes, 12 de agosto de 2016

"¿POR QUÉ LOS HUMANOS SOMOS TAN CRUELES?"

Básicamente porque podemos permitírnoslo, ya que la ausencia de enemigos naturales nos ha convertido en la peor especie de toda la Naturaleza.
Los japoneses cazan ballenas amparándose en falsas investigaciones científicas y en pretextos culturales sobre su gastronomía tradicional; los chinos utilizan polvo de hueso de tigre y comen aleta
Crueldad humana
de tiburón para tener más vigor sexual (sin que haya pruebas de ningún tipo que lo respalden); los noruegos también cazan ballenas porque dicen que llevan siglos haciéndolo; los canadienses cazan focas (todavía lo hacen), los británicos ricos persiguen (o perseguían, o lo hacen a escondidas) a los pobres zorros, que no son precisamente animales muy listos a pesar de lo que dicen las fábulas y la mitología; y los españoles, tan morales para algunas cosas, no dudan en seguir adelante con tradiciones que incluyen toros, gallinas y cabras.
La crueldad del ser humano con los animales es algo perenne, no conoce barreras culturales (europeos, americanos, asiáticos, africanos… da igual), religiosas o temporales. Resulta peculiar que naciones tan bien formadas, civilizadas y sensibles con determinados aspectos éticos como Japón, Noruega o Canadá tengan luego agujeros negros tan profundos en lo que se refiere a los animales. Nuestra condición de omnívoros convirtió a cualquier cosa que se caminara, nadara, volara o se arrastrara por el suelo en comida, nadie devora tantas especies como nosotros. Durante miles de años fuimos parte de un ciclo natural en el que o comíamos o éramos comidos, hasta que nuestro ingenio, el bipedismo, los pulgares prensibles y a que nuestros estómagos se adaptaron a comer cualquier cosa nos convirtieron en los reyes de la creación. Pasamos en muy poco tiempo de salir pitando de lobos, osos, felinos y demás depredadores a perseguirlos para hacernos trofeos. Como se suele decir, hay dos tipos de niños: los que observan fascinados a las hormigas por su trabajo y los que las matan por placer.
De aquellos polvos vienen los lodos actuales. Esperanza Aguirre ha dicho que ser antitaurino es ser antiespañol. Es un “conmigo o contra mí” propio de una política en horas muy bajas que sabe que su affaire con la policía municipal de Madrid le puede haber costado muy caro (al rico sin ética se le aprieta un poco y enseguida sale su verdadera naturaleza oligárquica). La derecha se ha apropiado de los toros y la izquierda ha abrazado la causa contra ellos, sin darse cuenta unos y otros que la tauromaquia, como muchas cosas de nuestra cultura, es una cadena de herencias del pasado (desde Creta hace más de 3.000 años hasta hoy) cuyo destino es caer en el olvido. Prohibir debería estar prohibido: no tiene sentido más allá de un simple gesto político. Los toros están condenados a tener un final no muy lejano porque en breve dejará de tener solvencia económica, porque lentamente habrá menos aficionados, porque la sensibilidad social cambia, porque salvo en determinadas zonas la gente joven no los sigue, y porque, como todo en este mundo, tendrá un final cuando la presión social sea tan grande que se convierta en una actividad estigmatizada. Y de ahí al adiós hay un suspiro.
No merece la pena prohibir los toros por la misma razón que sí merece la pena mantener la presión para que el ser humano avance en su moralidad y adquiera la compasión hacia otras formas de vida como una parte más de su identidad. Se supone que debemos avanzar y evolucionar en el respeto al resto de animales, aunque sigamos comiendo carne porque nuestros cuerpos están diseñados para procesar las proteínas y grasas de las carnes rojas y blancas (y necesitamos esas proteínas que difícilmente se pueden conseguir con otras dietas en la misma cantidad). Pero una cosa es devorar a los demás inquilinos del planeta y otra la crueldad y el sadismo. La verdadera superioridad humana está en no inmiscuirse y dejar en paz a los animales, no en demostrar con violencia su lugar en el ciclo biológico.
Hay una vieja historia budista sobre esto: un monje y maestro que mantenía a un jovencísimo discípulo se dio cuenta un día que éste pequeño había capturado una rana y le había atado las patas con un cordel para evitar que saltara. El monje esperó paciente a que el niño durmiera para agarrar una cuerda y atarle los pies a la cadera y evitar así que pudiera andar. Cuando el niño lloró desconsolado el monje se limitó a decir lo obvio: “Busca a la rana, quítale el cordel y sólo entonces te desataré. No hagas a los demás aquello que no quieres que te hagan a ti”. Es tan obvio y sencillo que se cae por su propio peso. Pero el ser humano, a pesar de su ingenio superior, a veces sigue pensando que es un estúpido mono.

El arte de vivir