jueves, 7 de enero de 2016

"NO ABANDONEMOS A LOS ANCIANOS"

El destino de muchas personas de la tercera edad es el abandono.

Las esquinas de las calles son tu aposento y con un caminar lento, esperas prontamente el final del tiempo.
Hilos plateados cubren tu cabeza. Hilos que nacieron hace mucho tiempo.
Tu cuerpo cansado luce encorvado; tu cabeza, agachada, y tu mirada, perdida. Porque para hoy no hay nada; solo los recuerdos de una vida pasada, cuando tu imagen adornaba el centro de un hogar, de una familia.

Una vida
Ahora el llanto es tu imagen, sin música, sin amor, sin calor que te acompañe; solo tu sombra, viviendo de la misericordia de otros.
Misericordia que es como un dinosaurio, no por su tamaño, sino porque ya se ha extinguido; misericordia que tiene olor a fósil disecado.
Cada día son más, pero que cada día vemos menos. Delante de estas figuras olvidadas pasamos sin practicar lo que tanto hablamos y que, con el paso del tiempo, el mismo tiempo los ha olvidado.
Te acercas a ellos y huelen a tristeza, a lágrimas e insomnio. Y al terminar el día, hambriento, sediento y temblando de frío, un cuerpo débil sobre una banqueta húmeda se ha recostado y atrapado en el frío, el llanto, la tristeza, la soledad y la angustia; sus ojos para siempre ha cerrado.
Ninguna lágrima se ha derramado y, en su sepulcro, ninguna flor se ha colocado, porque al final del ocaso, de él nadie se ha recordado.

Lo más triste del trato que damos a los ancianos no es que les abandonemos a su suerte -lo que al menos les obliga a valerse por sí mismos-, sino que les tratemos como a menores de edad necesitados de protección y tutela, lo que les coloca bajo nuestro poder discrecional y arbitrario. Pues al sentirnos magnánimos y aceptar protegerles, lo hacemos privándoles de sus derechos, tras expropiarles su propia responsabilidad personal como sujetos agentes. Por eso les engañamos con mentiras piadosas -para que no sufran, los pobrecitos-, les impedimos que elijan por sí mismos -no vayan a hacerse daño sin querer- y tomamos decisiones por ellos, llegando en la práctica a incapacitarlos aunque sólo sea informalmente. Y esto lo hacen tanto las familias como las autoridades civiles y médicas, en cuyas manos delegamos su tutela para procesarlos como objeto pasivo de tratamiento tecnocrático. Por supuesto con las mejores intenciones, de las que está empedrado el infierno a cuyo limbo les condenamos. Así acabamos por tratarles como a mascotas domésticas o ejemplares de zoo geriátrico, reducidos al entrañable papel de animales de compañía merecedores de simpatía y cuidado. Todo con tal de no reconocer su auténtica dignidad de personas dueñas de sí, enfrentadas al periodo más trágico de su vida, lo que nos obligaría a tratarlos no con paternalismo sino de igual a igual, respetando su libre albedrío para bien y para mal, lo que también exige reconocer su legítimo derecho a disponer de su vida.
Hoy en día vivimos en una sociedad dónde ya no se le da cabida a la familia, dónde el abuelo era el patriarca y la figura más importante, ya que era el encargado de transmitir la cultura familiar, compartía su sabiduría. En la sociedad actual no hay espacio para este tipo de familias; esta se ha reducido, al núcleo mínimo de padres e hijos.  Y los abuelos, quedan desplazados, desterrados, abandonados.

El arte de vivir