martes, 16 de septiembre de 2014

"¿INFIELES POR NATURALEZA?"

 «¿Los seres humanos somos infieles por naturaleza?»

En nuestro estado de naturaleza, según la tesis de  los investigadores, los seres humanos vivíamos en grupos igualitaristas de nómadas donde se compartía todo, desde la comida y el cuidado de los niños, hasta las parejas sexuales. Pero llegó la agricultura, que trajo consigo la propiedad privada y la monogamia, y se acabó el «paraíso».
Infidelidad 

Nah, no lo creo. No creo que exista el gen de la infidelidad. Nadie es infiel por naturaleza. Cuando alguien lo es todo para ti, cuando alguien es capaz de llenarte con la misma facilidad que te deja seco, no te quedan putas ganas de mirar con deseo a otras mujeres. Seamos honestos: la infidelidad tiende a surgir cuando el amor cojea y no haces nada por calzarlo. Yo he sido infiel por naturaleza, pero también he sido fiel por naturaleza. Jamás me he visto forzado a una cosa o a la otra. Seré más gráfico: la infidelidad se rige por la ley de los vasos comunicantes. Cuando falla la comunicación, el vaso que une y compensa a la pareja tiende a obstruirse, y por eso buscas llenar tu vaso en otra parte. Buscas fuera lo que ya no encuentras dentro. Así de simple.

Y no me estoy refiriendo en exclusiva a la infidelidad sexual. Hay muchas más formas de ser infiel. Lo he visto mil veces en mi vida: mujeres u hombres que necesitan hablar con terceros porque en realidad no hablan con sus parejas (aunque sigan siendo sexualmente compatibles), mujeres u hombres que necesitan muestras de afecto y atención porque no lo tienen en casa (aunque sigan siendo sexualmente compatibles), mujeres u hombres que necesitan DIVERTIRSE porque se aburren con sus parejas (aunque se conformen con su actividad sexual). En cierto modo todos ellos son infieles a su manera. Están engañando a sus parejas aunque no lo consideren cuernos. Pero sí, son cuernos más livianos, cuernos huecos si prefieres, pero cuernos a la postre.

Tirando de hemeroteca mental, siempre que he sido infiel lo he disfrutado, y no me arrepiento más allá del engaño en sí: no creía estar haciendo nada malo sino serle fiel a mi naturaleza. Esto se debe a que, en el fondo, no llegué a quererlas del todo, no me llenaban del todo o no quería dejarme querer.

Con la mujer de tu vida, sin embargo, eso no pasa. En medias naranjas no caben gajos ajenos.

El arte de vivir