domingo, 27 de octubre de 2013

" FIDELIDAD "


Como ser fiel.


                                                            El arte de vivir


Para ciertos enamorados (por lo general más mujeres que hombres)  mantenerse en los terrenos de la fidelidad es relativamente fácil, porque no se construye conceptualmente, sino que se siente. Cuando aman, la puerta se cierra automáticamente. Independiente de lo que piensen, el afecto los lleva de la mano a un bloqueo bioquímico-afectivo incompatible con cualquier nuevo invasor: “Si amo a alguien, nadie más puede entrar”. Como comer después de comer. No implica análisis racional, ética avanzada, moral trascendental ni nada por el estilo. Simplemente, el organismo no soporta la redundancia afectiva. No entran dos a la vez. En versión de Shakira: “Tontos, ciegos, sordomudos, testarudos...”, y demás,  pero plenos y felices.
Estos sujetos no requieren de las técnicas modernas de autocontrol, ni tratamientos psicológicos
Amor y felicidad
sofisticados. Tampoco necesitan atarse como hizo Ulises al mástil del barco para que las sirenas no lo tentaran con sus irresistibles y seductores cantos. El don de la rectitud interpersonal surge per se, como si el amor produjera su propia disciplina. Una inmunidad al engaño nace desde adentro y nada les mueve el piso. El deseo afectivo se concentra en un solo punto con tal fuerza, que lo sexual queda subordinado y a su sombra. Premiados por la naturaleza o por Dios, nada los perturbará. Para ellos no hay sucursales ni desvíos: están en lo que están. Pero insisto, aquí la honestidad afectiva (aunque pueda ser racionalizada) no es producto del discernimiento, sino de la más primitiva y limpia monogamia: “No me nace”.
Para otro tipo de enamorados (más hombres que mujeres), la honestidad requiere de nuevos ingredientes. Aquí la lealtad solo se logra a base de voluntad, esfuerzo y autodisciplina ascética tipo faquir. En este grupo, la persona leal no es insensible a los embates externos y a las tentaciones del diario vivir, sino que debe oponerse a ellos valientemente y por convicción.
En estos casos con el amor no basta. Pese a que se ame profunda y sinceramente a la pareja, el deseo ajeno sigue asechando peligrosamente y el impulso está vigente. Un descuido, la subestimación del intruso o la sobrevaloración de las propias fuerzas pueden ser suficiente para trastabillar. Y en las lides del amor, un tropezón, casi siempre es caída.


El arte de vivir