sábado, 17 de octubre de 2015

"EL ÉXITO NO DEPENDE DE LA SUERTE"

Referida al tiempo, sí puede considerarse la suerte como un factor de éxito, en el sentido que sugería en el post anterior. Puede que no haya llegado el momento para que cristalice la demanda de una idea o un producto. Mala suerte, porque nadie sabe realmente anticipar lo inesperado. La aparición de un cisne negro, por ejemplo, cuando todos son blancos. Otra cosa distinta es llegar a la meta después del tiempo fijado. Aquí no se trata de mala suerte, sino de estar distraído o de no haberse preparado.

La mayoría de las leyes físicas y evolutivas se refiere a promedios: el comportamiento de los átomos, la duración del amor o el impacto en la vida adulta de un drama en la infancia más temprana. Lo que es verdad de un promedio puede no serlo de un individuo. Lo que es verdad de una clase –decía Marx refiriéndose a la burguesía– puede no serlo de una persona determinada que pertenece a esa clase. Cuando decimos de alguien que ha tenido buena o mala suerte, nos estamos refiriendo a casos contados o excepcionales de personas que no se comportan como lo hace el promedio, la inmensa mayoría. De ahí que no tengan vigencia científica los consejos para tener suerte y, por tanto, que difícilmente pueda considerarse a ésta como una pauta para tener éxito. Tanto más cuanto que la mayoría de los acontecimientos susceptibles de considerarse una suerte o una desgracia no son tal cosa, sino el resultado de procesos inconscientes que escapan a nuestra atención.



Suerte
Lo que consideramos como suerte o
desgracia es el resultado de procesos
inconscientes que escapan a nuestra
atención.
Cuando se dice que una persona ha tenido buena suerte o mala suerte con su salud, amor y trabajo, la mayoría de las veces hay que buscar la causa en la dieta, hábitos y ejercicio físico en el primer caso; en el amor maternal, inversión parental y sexualidad en el segundo; y preparación previa, concentración de esfuerzos en desarrollar sus cualidades innatas o reacciones diferentes al estrés en el último caso.
Cuando un proceso está programado –la embriogénesis, por ejemplo–, no es una cuestión de suerte que unas células se dirijan al espacio reservado a las futuras neuronas y otras, a lo que será el futuro sistema motor del recién nacido. Está genéticamente programado así. No tiene que ver con la suerte.
Una persona bella lo es porque ha heredado un nivel de mutaciones lesivas inferior al promedio. En promedio heredamos unas 200 mutaciones malignas de nuestros antepasados y les añadimos unas pocas más de nuestra propia cosecha. Es uno de los misterios no resueltos todavía por los genetistas de población, la razón de un número tan elevado de mutaciones sin que desaparezca la especie en la deformidad y la anomalía. Si en medio de esta tormenta genética una persona nace bella, se puede afirmar que ha tenido suerte antes de nacer.
¿Sólo se puede hablar de la buena o la mala suerte, en propiedad, antes de nacer o aplicada a casos excepcionales cuando se diferencian del promedio? La vida no es una serie de acontecimientos azarosos que ocurren de forma intempestiva, sino más bien un proceso continuado, que puede interrumpirse por causas exteriores que poco tienen que ver con la supuesta buena o mala suerte de una persona en particular. Una extinción masiva, como las ocurridas a lo largo de la la historia de la evolución, puede interrumpir el proceso de vida de un nido de trilobitas, aunque tuvieran la suerte de haber nacido perfectos. Parecería que la mayoría de las veces nos referimos a la suerte cuando no sabemos o no queremos indagar por qué ha ocurrido lo que ha ocurrido.
Autor: Eduard Punset

El arte de vivir