lunes, 22 de septiembre de 2014

"¿SOMOS BUENOS O MALOS? "

¿Nacemos buenos y altruistas o aprendemos a serlo?

¿Nacemos malos?
Hagan la prueba: pongan las noticias. Se suceden informaciones de violencia, pero también habrá alguna de personas que ayudan a otras. ¿Nacemos buenos y altruistas o aprendemos a serlo? Es el eterno debate filosófico en el que ahora entra la ciencia.

¿Por qué algunas personas arriesgan su vida para salvar a otra y otras no vacilan en hacer daño y matar?. La ciencia está tratando de develar el origen de nuestras convicciones morales, si son innatas o adquiridas.  Estudios realizados en la Universidad de Iowa y en la Universidad de Southern California, Los Ángeles, muestran que una lesión en la corteza prefrontal ventromedial del cerebro puede producir indiferencia emocional en una persona que se encuentra frente a un problema moral. Estas personas no tienen afectada su capacidad de razonar pero sí tienen menos sensibilidad ante las emociones y la culpa. 
Después de varios experimentos, los investigadores llegaron a la conclusión de que esa zona del cerebro participa en la elaboración de juicios morales. Experiencias hechas en otros países, como las del neurobiólogo Jorge Moll, investigador del LABS-d´ Or Hospital de Río de Janeiro, dieron los mismos resultados. 
Esta zona del cerebro se activa cuando se perciben imágenes con contenido moral, como personas hambrientas o cuando se realiza una tarea altruista. 
Estos sentimientos derivan de mecanismos arcaicos que servían al hombre para favorecer los lazos sociales y la cooperación. La humanidad aprendió a cooperar para su propio beneficio, porque sin la cooperación entre los hombres, la especie humana no hubiera podido sobrevivir. 
Jonathan Haidt, psicólogo de la Universidad de Virgina, considera que las emociones influyen en los juicios morales y que los seres humanos confían en sus instintos para evaluar lo bueno y lo malo; y en el pensamiento racional para justificar sus intuiciones. 
Las neuronas espejo hacen posible identificarse con el sufrimiento de otro. 
Los neurólogos italianos Giacomo Rizzolatti, Vittorio Gallese y Leonardo Fogassi encontraron estas neuronas en la zona F5 de la corteza premotora del cerebro, cerca del área de Broca, la región del

 
Corrupción 

lenguaje. Esto es lo que nos permite captar los pensamientos de los demás, debido a la estimulación directa de la zona de los sentimientos. 

El paleontólogo Richard Leakey, en su libro “La gente del lago” reconoce que somos humanos porque nuestros ancestros se comprometieron a colaborar entre ellos, compartieron su comida y se ayudaron mutuamente, como si tuvieran una capacidad moral innata. En cuanto al dolor, la cólera y la indignación, son emociones que están asociadas a un área del cerebro que se denomina ínsula interior y a la parte derecha de la corteza prefrontal dorsolateral. La emoción de la indignación es superior a la razón y es una respuesta emocional como la piedad, la compasión, la empatía o la necesidad de ayudar a alguien que está en peligro. En su libro “Ayuda mutua”, el geógrafo naturalista Peter Kropot-kin afirma que la disposición a ayudar tiene un origen pre humano. Esta teoría tiene algunos adeptos, como Marc D. Hauser, que sostiene que la moralidad hizo posible el desarrollo del comportamiento social de los primates y que esa conducta fue heredada por los humanos para promover la cohesión de grupo. Si la moralidad es innata, la pregunta que surge es: ¿por qué nuestro mundo no es más ético y pacífico?, Algunos consideran que esto se debe a que la cultura a lo largo del tiempo ha influido en el comportamiento de muchos seres humanos, haciendo que no puedan reconocer sus propios sentimientos morales innatos; que la crueldad y la ambición desmedida tengan sus correlatos neuronales, y que ya formen parte de su naturaleza. 
Afortunadamente todavía existen personas, cuya naturaleza humana las llevan a practicar el altruismo, la solidaridad y la cooperación. 
La pregunta que seguramente inquieta a todos es: ¿cuál de las dos naturalezas prevalecerá en el futuro?. 

El arte de vivir